Sobre la ansiedad en el amor
Notas sobre la condición del hombre frente al eros en tanto acto y al sufrimiento en tanto potencia
Mi tesis es que la ansiedad es
siempre con respecto al posible sufrimiento y nunca frente al amor. El amor, en su
condición de Bien Supremo, es deseable para todos los hombres. El sujeto sufre
ansiedad cuando pone la privación del bien en tanto acto intencional mental fantasioso
como "posibilidad de" sufrimiento. Lo que quiero decir es lo siguiente: el sujeto sufre
ansiedad cuando en su mente postula una privación de un bien, ya sea la confianza, la
fidelidad, etc. Este acto mental siempre se remite, o "apunta", hacia algo concreto en la
realidad en su capacidad de fantasía: puede alterar esa imagen mental para que "sea
como algo" en la realidad. Esta imagen mental, que es imagen de privación del bien, se
fantasea como "posibilidad de sufrimiento".
Ahora bien, el hombre no puede tenerle miedo al amor. Para probarlo, propongo un
ejercicio mental. Postulemos un beso. Esencialmente hablando, es necesario solo "ver"
en la mente dos labios encontrándose o unos labios estirándose hacia el objeto de
deseo. Sin embargo, ese beso no es deseable en sí mismo. Pues el hombre desea el
beso de una o diferentes personas en específico, pues, por ejemplo, si fuese de su peor
enemigo no lo querría. El beso en sí, entonces, no es deseable hasta que se plantea en
un horizonte o experiencia particular. El beso, como una cosa universal, no es deseable.
Ahora, pongámonos a nosotros como objeto del beso a quién otros labios besarán. A
través del uso de la fantasía podemos construir un lugar, un tiempo, una música y unas
condiciones materiales particulares para imaginar un beso deseado. Por último,
colóquese en la mente el sujeto que nos besa. Aquí tenemos, pues, un momento
deseable: nacido del eros o deseo de algo bueno. Podemos imaginar todas estas
condiciones con diferentes temas: un abrazo, palabras cálidas, etc. Por tanto, el hombre
puede imaginar el eros o amor y siempre lo desea, de alguna manera particular.1
La ansiedad, entonces, se podría fantasear como la construcción constante e incesante
de una privación del eros con aquellas cosas que más vitalmente nos dañen. Colóquese
al sujeto del cual se desea un beso dando uno a una persona odiada, en las peores
condiciones posibles, frente a uno mismo y sin vergüenza alguna de la injuria cometida.
Esta imagen intencional, es decir, referente a una realidad pero moldeada mentalmente
en la fantasía no se experimenta como real, pero se sufre por la posibilidad de su
realidad. Habrán imágenes más vitales que otras: la posibilidad de la muerte de una
madre o de una pareja, la posibilidad de la infidelidad del amigo o el hermano, etc. La
ansiedad no nace de la fantasía incesante de imágenes no-vitales, sino de las más
verdaderas en el corazón del hombre. Aquellas verdades por las cuales desea vivir y
desea morir (Kierkegaard). En sentido lírico, la posibilidad de estas realidades suponen la
muerte del sujeto, que no sería más que dolor si esta posibilidad se actualizase. El
peligro es existencial radicalmente, o sea, de raíz, nacido de la condición supranatural de
la libertad humana en posesión de Otro que no podemos controlar, pues es
esencialmente libre.2
La condición de la libertad como subyacente y fundamento de la ansiedad es necesaria.
El amor del hombre es imperfecto, pues requiere de decisión constante. Cada instante
del hombre es esencialmente decisivo: cada letra que escribo ha sido decidida. Fuera del
contexto de la libertad, no hay ansiedad. Si el hombre estuviese obligado a hacer daño,
el daño no se percibiría igual.3 La ansiedad, por esa razón, es ubicua e incesante. Es
necesario que en cada instante de la existencia humana aquel quien nos puede hacer
daño nos escoja (o el bien que se ha percibido casi como una extensión del alma o
extensión corporal). Una decisión fuera de esta percepción del bien basta para causar el
daño. Por lo tanto, el instante posible, que no es hasta que es, si es que en algún
momento es, es la causa de la ansiedad. Sin embargo, para ser más precisos, el instante
fantaseado no es per se la causa del dolor. El rasgar del cuchillo con la piel es causa del
dolor, así como la infidelidad al corazón de la esposa. La causalidad en estos casos es
claro. Sin embargo, las imágenes mentales no tienen cómo herir. Coloquémonos en la
fantasía donde un tren nos destripa: la imagen mental es real en tanto intencional,
remitente a algo que es posiblemente real, no obstante, no he vivido el dolor y su
magnitud es desconocida. El dolor, entonces, provendría del hombre mismo que se
encausa en un dolor estimado: el instante no es causa del dolor, sino el hombre que lo
imagina.4
Ya se había hablado sobre la fantasía como potencia figuradora del dolor, es decir, le
provee de una figura concreta al dolor. La fantasía creadora figura los miedos más
profundos, más vitales y verdaderos del hombre y se forma, en el caso del eros, en las
manos del sujeto del cual se desea amor. Ahora bien, es importante diferenciar las
potencias de donde brota la ansiedad. La ansiedad no proviene como producto mental
de la memoria, sino que solamente de la fantasía. Primero, la memoria no es
instantánea, a diferencia de la fantasía. La memoria requiere esfuerzo mental para traer
a la mente un fenómeno. Mientras más tiempo haya pasado del fenómeno o evento a
recuperar, más difícil es recopilar el horizonte en donde se vivió (lugar, momento,
estado de ánimo, etc.). Segundo, la memoria es la traída a la mente de la especie: su
manera de aparecer y de ser aprehendida.5 La memoria solo puede traer experiencias
vividas. Esto quiere decir que la memoria no imagina, pues no altera la condición de los
hechos, sino que mantiene su esencia. El dolor de la -memoria, es, entonces, dolor
vivido. El dolor en la fantasía es particular. La fantasía trae a la mente con mayor rapidez
las imágenes, pues son puestas por el sujeto como él desea. No requiere recordar, sino poner o, mejor dicho, poser (fr.). La fantasía no cambia su efectividad con el tiempo, pues los eventos son
creados en la mente, así como los horizontes. La fantasía sí altera la condición de las
imágenes mentales, pues su facultad es cambiar las cosas no-esenciales de los
fenómenos: se puede imaginar un gato negro o blanco en la fantasía, sin alterar el tema
de este. Para finalizar, la ansiedad es el dolor por la "posibilidad del dolor". Por tanto, si
fuese dolor por experiencia de dolor, sería parte de la memoria. Sin embargo, es la
incesante fantasía de la posibilidad del dolor, cambiante en razón de lo que el sujeto
pueda imaginar, pudiendo imaginar posibilidades más dolorosas. Por tanto, la ansiedad
brota de la fantasía y no de la memoria.6
Sobre si se puede experimentar ansiedad en un sueño es una pregunta interesante. El
sueño es parte de la potencia fantástica del hombre: trae a la mente imagen fantásticas,
es decir, imaginadas e intencionales o remitentes a los fenómenos de la realidad. Ahora
bien, primero, el sueño se experimenta como vivido, como si fuese real. En el sueño, se
experimenta la muerte como real, por ejemplo. Ahora, el sueño se vive como narrativa.
Hay un logos o lógica interna coherente en el sueño y los fenómenos que allí acaecen.
Aunque los burros vuelen o las aves hablen, esto se vive como lógico. No cabe duda
que en el sueño, el mismo sujeto puede imaginar cosas dentro del mundo imaginado.
Es decir, el sujeto puede pensar, dentro de este mundo imaginado, que su madre morirá
por alguna razón u otra y algunas maneras en que pueda morir. Ahora, no tengo
manera de responder, sin embargo, me parecen fenómenos diferentes. La ansiedad se
vive dentro de la libertad de los hombres, pero el sueño está más o menos determinado
por la narrativa que lo conduce. Hay un sentido del fin en el sueño, donde los eventos
son inescapables aún con la misma libertad del sujeto. En la realidad, mi madre puede o
no morir, pero en el sueño, se vive similar a leer los últimos capítulos de un libro donde
hay un sentido del fin, se conoce que mi madre morirá aunque no se sabe cuando. Los
efectos son parecidos, pero los caminos distintos. En el sueño, la experiencia se vive
como conocida: se sabe que se vivirá próximamente. En la realidad, la ansiedad en la
fantasía carcome el alma por una experiencia que se está a la espera de ser vivida sin
conocimiento exacto de ello.
En conclusión, el hombre no tiene miedo al amor, sino ansiedad a la posibilidad del
dolor. El amor, por su condición esencial de ser libre y escogido, abre la puerta al dolor.
La ansiedad brota de la fantasía.
1La experiencia siempre es particular. Pues no se desea el amor como generalidad, sino
que se desea que alguien concreto nos ame. Sea que desconozcamos quién queremos
que nos ame, el amor se manifiesta como fenómeno particular en alguien. El beso
proviene de alguien, al igual que el abrazo. Por tanto, toda experiencia del amor se
desea como particular.
2 La ansiedad, entonces, tiene una vertiente donde el sujeto que la sufre desea controlar
desesperadamente y busca controlar las posibilidades, sin dejar espacio a la libertad.
Muy probablemente, infringiendo en la libertad del amor, que hace el amor más
perfecto, pues se presiona al amor y no se le deja ser libre. Es preferible el amor sin
presión, libre, que presionado, que sería amor imperfecto o no sería amor.
3 El dolor es mayor cuando el amante, de quien se espera amor, libremente y
deliberadamente escoge hacer daño.
4 Falta pensar sobre ello.
5 La especie es la huella que se deja en el hombre como pasivo al recibir un estímulo de
un fenómeno exterior.
6 Por esta razón, se indica medicación que pueda hacer una de dos cosas, pues o inhibe la
capacidad creadora de la fantasía o los efectos psicofísicos que causan las emociones
disturbantes por la experiencia con la imagen creada.
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