Microrrelatos
El guía al Más Allá
– ¿Mamá, creés en el Cielo? –
– Sí, mi amor. Sí creo en el Cielo. –
– ¿Cómo creés que es? –
– Pues, debería estar lleno de flores hermosas, aguas diáfanas y animales dóciles. Tal vez, hasta Pipo esté allí. Un hombre barbado y delgado debería estar allí para guiarte. –
…
– Mami, tengo frío. –
– Tranquilo, mi vida. Aquí estoy. –
– Mami, tengo miedo. –
– Todo va a estar bien. –
– Mami, veo a alguien. Un hombre con barba y un can a lo lejos. Tal vez es Pipo. También, escucho agua correr. –
– Andá con él. Él te va a guiar donde tengás que ir. Te amo, mijo. –
– Mami, ¿qué es un óbolo? –
Seroquel
Después de horas de llanto desconsolado, los hinchados ojos de Montañez buscaron, como un hombre hambriento busca desesperado un pedazo de pan, el frasco de pastillas que le habían recetado. Lo asió violentamente, lo abrió con dificultad y lo colocó en su boca espumosa.
– ¿Amor, ya te vas? –
La dulce voz
estremeció el cuerpo de Montañez. Escucharla siempre le confortaba.
– Mi cielo, no puedo con el yugo de esta vida. Te amé, te amo y te amaré en la próxima vida. Me llevo todas nuestras memorias al Más Allá. Adiós, Victoria. –
Montañez engulló todas las pastillas. Unos minutos después, sus ojos se volvieron blancos y la vida escapó de su cuerpo. Su cuerpo inerte sostenía todavía el frasco que, en su momento, contenía el alimento que liberó su alma. La etiqueta de instrucción decía: Seroquel. Venta bajo receta médica. 2 pastillas al día para evitar ataques esquizofrénicos.
Inmortalización
– Estefanía y yo nos amábamos. Nuestro amor era verdadero. Yo la amé con locura. La amé desde aquel momento en que, por primera vez, escuché en el resonar del Manuel Bonilla como tocaba los valses de Chopin con una maestría inigualable. Desde ese día deseaba que sus manos rozaran las mías. Deseaba, con un anhelo profundo, que sus manos rozaran mis labios con lascivia. Por esa razón, porque la amaba, me compadecí de ella. No podía dejar que sufriera. No podía dejar que el amor de mi vida soportara un dolor tan grande. –
Con la soga al cuello, el fanático Augusto Contreras, asesino de la pianista Estefanía Clementina, a la cual se le había diagnosticado artritis reumatoidea, proclamó sus últimas palabras.
Batalla del Somme
Pesadillas de su posible muerte le atormentaban por las noches. Los soldados en Somme, niños vestidos de hombres, se preparaban para empujar el frente a su favor. Pierre, un muchacho de pueblo, se mantenía con vida alimentado solo de la esperanza de volver a ver su amada. El pensar en los ojos cristalinos de Camille le traía paz. Al llegar el alba, corrió, con la imagen de Camille en su corazón, hacia la tierra de nadie.
– Pierre, Pierre. Levantate. La batalla ya terminó. Ganamos. – dijo una voz gruesa con júbilo.
– Comandante, ¿qué pasó? – dijo Pierre confundido.
– Una bala te atravesó el pecho. Pero estás bien. Pronto volverás a ver a Camille. – le respondió el comandante.
Pierre fue trasladado, junto con otros soldados heridos, a un hospital cerca de la ciudad de París. Olas de personas buscaban a sus hijos, hermanos, y esposos entre los heridos. A lo lejos, Pierre vio una joven delgada, con ojos turquesas dulces, labios pálidos y cabellos como rayos de sol.
– ¡Camille, Camille, estoy aquí! –
– ¡Camille, Camille! ¡Mi amor! –
Las palabras se perdieron en el aire.
El moribundo Pierre, siendo devorado por ratas y cuervos en tierra de nadie, gritaba el nombre de su amada con sus últimos alientos de vida.
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