Un Amor Efímero

 


La estación de tren era ingente llena de obreros sin un segundo ni centavo sobrante que corrían de bloque a bloque buscando el vagón correcto. Nevaba violentamente, y los copos de nieve que reposaban en mi cara me quemaban intensamente. Regresaba de mi viaje de trabajo. Estaba fatigado y no sentía mis dedos; tal vez caminé mucho o las bajas temperaturas ya estaban penetrando mis desgastadas botas de cuero. Busqué en mi gabacha negra mi boleto de tren. “¡No puede ser!”, exclamé, “¡No de nuevo!”. Mis guantes no me dejaban palpar los objetos guardados en los miles de bolsillos que tenía, y el frenesí que sentía por la posible pérdida del boleto me impedía pensar correctamente. Mi corazón estaba por estallar. No era la primera vez que perdía mi boleto, sin embargo, no podía quedarme en Moscú por mucho tiempo – tenía una entrevista en San Petersburgo. De pronto, una pequeña mano haló delicadamente de mi gabacha y escuché una dulce voz: “Hey, asumo que esto es tuyo. ¿No te dije que no volvierás a perder tu boleto?”. Me volteé, y la vi. Una mujer con ojos claros como el Volga, cabello del color de un diente de león y una sonrisa cautivante. Respiré profundamente para aliviar la intensidad del momento – la de perder el boleto y de ver a una mujer tan hermosa frente mío. Le agradecí y empecé a conversar con ella, la hermosa Elena Suárez – excompañera de estudios de filosofía.

 Después de intercambiar algunas palabras de protocolo, Elena y yo partimos hacia nuestro tren – de casualidad era el mismo. Cuando nos subimos en él, le ayudé a acomodar su maleta bajo su cama, y yo puse la mía bajo mi cama. ¡Que suerte que la cama frente a la mía sea la de ella! No creo que el destino exista, pero si existiese, jugó a mi favor. Compartíamos una pequeña mesa con una gran ventana donde se reflejaba la interminable tundra siberiana. Le serví té con dos de azúcar y tibio, como ella lo prefiere. La bestia rugió y nuestro viaje empezó. Hablamos todo el viaje sobre cine, personas, nosotros, nuestras familias y literatura. Aunque es algo falaz decir “hablamos” – “ella habló” sería más adecuado. Me dediqué a escucharla. Me eduqué en todos los temas que tuviesen que ver con ella, con la mejor docente – ella. El tiempo se diluía entre sus palabras, y las distancias se dilataban cuando su voz vibraba.  Me sentía un poco más indefenso con cada vocablo que nacía de sus floridos labios escarlatas. Sentía una ferviente llama en mí que alimentaba el deseo de tocar su cara, sentir sus manos y acariciar su cabello. Todo pasó tan repentinamente, sus encantos calipsianos se introdujeron en mi pensamiento. Este amor de un día fue catártico para mi alma. El ocaso llegó súbitamente, y Morfeo se escabulló en el tren sigilosamente.

Quizá el momento más sublime de todo el viaje se dio entre las sutiles sombras de la noche. La luna, comprendiendo la belleza de Elena, la alumbró directamente con su tenue luz. Ella dormía mientras yo batallaba conmigo mismo para leer. No podía concentrarme con tal musa creando melodías con su rítmico respirar. Mañana partíamos caminos. Deseaba que nuestro viaje en el tren fuese eterno. Deseaba quedarme en Ogigia para siempre con Elena. Sin embargo, sabía que mi deber era irme. Decidí escribir un poema describiendo este amor fugaz. No quería vivir el obsceno momento de despedirme de ella. Quería mantener este etéreo momento intacto y eterno. Dejé la carta, empapada de mi fragancia, entre sus frágiles manos. Como Odiseo partí. No sé nada de Elena desde ese día. Espero me haya amado como yo la amé a ella.



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