Eli, Eli, lama sabachthani
La lluvia descendía con enojo hacia la tierra. Se escuchaban los martillazos de cada gota que golpeaba el concreto de las calles. Con cada segundo que pasaba, las calles se convertían más y más en ríos. El agua que una vez añorábamos como el pueblo escogido en el desierto poco a poco nos traicionaría como a los egipcios en el Mar Rojo. Mi madre y hermanas se apresuraban para salvaguardar nuestras cosas más importantes, mientras el agua ansiaba entrar a nuestra casa. En un abrir y cerrar de ojos, habíamos guardado nuestras vidas en unas pequeñas mochilas. El nivel del agua subía y subía, todo era consumido por los deseos de Poseidón. A pesar de toda la conmoción, mi fiel amigo, Argos, mantenía su valor con sus brillantes ojos azules en alto.
El agua seguía atormentándonos. Como pudimos, escalamos al techo de nuestra morada entre los rabiosos azotes del viento y los constantes golpes del agua. Dejamos todo lo que no fuese de máxima importancia atrás, y, a pesar de ello, un peso enorme presionaba nuestras espaldas – cargábamos con la dura realidad de perder nuestro hogar. Nuestros ojos despidieron a nuestra casa con lágrimas… lágrimas perdidas entre las gotas de la furiosa lluvia. Nos acogimos en el techo de lo que en algún momento fue nuestro hogar mientras esperábamos un milagro. Las ruinas de nuestro barrio se encontraban bajo el agua. Una nueva Atlántida había nacido. De pronto, un gran torrente de agua se aproximó imponente hacia nosotros. Tomé a Argos y lo presioné contra mi pecho. El agua me robó de mi familia, y me arrojó toscamente hacia los recién nacidos ríos.
Estaba siendo ultrajado en el Estigia y conducido hacia mi muerte. Golpeaba carros sumergidos en el agua, tablones solitarios, y hasta otros cuerpos. El agua helada penetraba mis huesos. Entre la vida y la muerte, vi cerca de mí a Argos. El pobre animal ladraba adolorido y, al reconocerme, se acercó como pudo a mí. Me aferré al animal. Viendo a la mansa bestia a los ojos, me vi en su inocencia y pronta perdición. Al ver a la temblorosa criatura y tomarla contra mí, puede que haya actuado desde el altruismo. Aunque, puede ser, que desde mi angustia lo haya tomado como recuperando una parte de mí que la iracunda agua quería para ella misma. Sin importar desde que actué, él ya estaba conmigo. La desesperada criatura, mi animal amado, sufría la misma desesperación que yo. Lo abracé fuertemente y, sintiendo el calor de mis entrañas, dejó de temblar. Él me mantenía vivo, así como yo lo mantenía vivo a él.
En un punto, los golpes pararon. Yo, casi como en rigor mortis, seguía abrazando a Argos para no dejarlo ir. El agua me llevó hasta tierra. En el lodo, le hablé a Argos entre fuertes respiros. “Argos, estamos vivos” pronuncié entre lágrimas esperando una respuesta de mi fiel compañero. No recibí ninguna, desgraciadamente. Estaba verdaderamente solo. Por un momento, me imaginé ser Jesús, pues Él también se sintió solo. Mi cabeza cayó lentamente y pude ver. Mis piernas no estaban conmigo. El sol de la tarde que colgaba del cielo no me abrazaba como usualmente lo hacía. Un frío de ultratumba recorría mi cuerpo. En un suspiro, enuncié con dolor: “¿Eli, Eli, lama sabachthani?"

Comentarios
Publicar un comentario